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Colaboración especial JAVIER SIERRA (*), texto original del diario LA RAZÓN, diciembre 2025 Despido 2025 paseando por las calles de París. Hace frío, la...

Colaboración especial JAVIER SIERRA (*), texto original del diario LA RAZÓN, diciembre 2025

Despido 2025 paseando por las calles de París. Hace frío, la Navidad se resiste a desaparecer y, en mi cabeza, quizá empujado por horas de insomnio, empiezan a mezclarse ideas extrañas que dudo si poner por escrito. Junto al Sena, a primera hora, los bouquinistas abren sus tenderetes de libros casi igual que hace 475 años. Husmeo en sus restos de serie en busca de alguna luz. La intención de este viaje es reconectarme con la tragedia de los templarios, pero entre sus viejos tomos parece no haber demasiado lugar para ellos. Es irónico: hace dos décadas eran los personajes literarios de moda, y hoy ni se asoman a los saldos.

De repente, me doy cuenta de que hay algo de déjà vu en esta excursión. Hace ahora un cuarto de siglo puse el punto y final a una novela sobre aquellos monjes guerreros, y lo ambienté parcialmente aquí. Imaginé que la catedral de Notre-Dame se había levantado gracias a las geometrías que se habían traído de las Cruzadas, y que con ellas -gracias a magias árabes olvidadas- habían activado una suerte de umbrales por los que cielos e infiernos se conectaban con nuestro mundo. Y de pronto recuerdo también que aquella obra, Las puertas templarias, debió su primer impulso a algo que fui a buscar con idéntica torpeza en estas calles.

Fue un 11 de agosto de 1999 cuando una especie de portilla cósmica se abrió en mitad del firmamento parisino. Esa no la inventé. Fue real. Aquel vano en el cielo no fue sino un eclipse total de Sol. «El eclipse del milenio», lo bautizaron. Y como aquel verano yo andaba buscando los mimbres con los que tejer mi novela, se me ocurrió que ser testigo del eclipse a los pies de Notre-Dame me serviría de inspiración.

Recuerdo que alguien –un taxista madrugador–, me dijo que el fenómeno no sería total en el lugar que había elegido. «La Luna tapará solo el 99% del Sol en París», me advirtió. Y se ofreció, por un módico precio, a llevarme más al norte, a Étretat, en la Normandía, para que no me lo perdiera. Justo ese día yo dejaba atrás mis primeros 27 años de vida, era mi cumpleaños, así que me di el capricho de seguir el eclipse desde donde dijo el chófer.

El punto de obsidiana en el que se convirtió el Astro Rey aquel mediodía, me encogió el alma. El fenómeno duró poco, aunque lo suficiente para que se avivaran en mí las mil y una historias que llevan siglos contándose sobre los eclipses de Sol. Colón usó sus conocimientos de astronomía para someter a los nativos de Jamaica, en su cuarto viaje a América, prediciendo la llegada de uno. Y Heródoto, dos mil años antes, hizo algo parecido al invocar la fuerza persuasiva de otro y describir cómo su irrupción detuvo una batalla entre lidios y medos. «El eclipse de la paz», lo llamó.

Tengo, pues, la extraña sensación de estar hollando, en estas últimas horas del año, una «órbita mental» que ya recorrí en 1999. Un déjà vu. Pero debo precisar que no se trata del mismo camino. O no exactamente. Hoy, casi doblo en edad al Javier que viajó a París en busca del eclipse de Nostradamus, y lo que estos días me urge ver junto al Sena son las huellas que dejó el final del Temple, y no las de su fundación tal y como las describí en Las puertas templarias. Sin embargo, en mi cabeza vuelve a amartillear con fuerza la imperiosa necesidad de contemplar, otra vez, un eclipse. Otra puerta en el cielo. Y, sentado en un graderío lleno de turistas frente a la fachada principal de Notre-Dame, caigo en la cuenta de que ese momento está a punto de llegar.

En mi agenda de 2026 ya he subrayado la fecha del siguiente. Será el próximo 12 de agosto, sobre España, como si una mano mágica hubiera querido calendarizar una «puerta celeste» detrás de otra, con 27 años exactos de diferencia (de un 11 a un 12 de agosto).

 (*) Escritor (Premio Planeta), periodista, excolaborador de VINARÒS NEWS

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