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MANUEL MILIÁN Estaba escrito: el run run anunciaba este final. El entramado de equívocos, desmentidos, tergiversaciones interpretativas preanunciaba ya este desenlace o este tropiezo....

MANUEL MILIÁN

Estaba escrito: el run run anunciaba este final. El entramado de equívocos, desmentidos, tergiversaciones interpretativas preanunciaba ya este desenlace o este tropiezo. Quienes conocemos al personaje sabíamos que volaba a unos niveles impropios de su condición y sus saberes, pues siempre rebasó las alturas de sus aptitudes personales, lo cual generó en mi esa fascinación de la paradoja en la amistad que durante años mantuvimos.

Tentado estuve por ello a incluirlo en mi penúltimo libro Las paradojas de la amistad si bien renuncié a ello por el respeto que me merecía su persona y su ascenso a la jefatura del gobierno tras el nunca suficientemente aclarado atentado del 11 M, el brutal asesinato de decenas de personas, con centenares de heridos en la estación de Atocha. ¿Fue causa suficiente las torpezas que se prodigaron en su interpretación por parte del gobierno de José M. Aznar? Todavía hoy me asaltan las dudas.

Si en aquel entonces me asombraría su ascenso a la presidencia del ejecutivo español (era muy lego en economía y en política exterior, los ámbitos en que yo me movía) incrementó en mi la sorpresa cuando tras dejar el poder, buscando ZP a los notables niveles de sus relaciones internacionales; particularmente en Latinoamérica. ¿Cómo un líder político de la socialdemocracia europea pudo ubicarse con su escaso bagaje intelectual a tal grado de influencias? Es una incógnita que no me permito despejar.

En cierta ocasión una paisana suya leonesa que se movía en sus mismos ámbitos sociales me advirtió que “si bien era un hombre de recursos limitados cuando mordía el pie de un competidor o adversario era absolutamente difícil que lo soltara”. Aquel juicio de su convecina secundó desde entonces mi excelente amistad sin perturbar mi afecto. Años después, y ante la evidencia de los acontecimientos y su deriva política se me ha dado constatar su verisimilitud. ¡Y bien que lo lamento!

Un amigo común, el periodista Julián Lacalle, me arraigó todavía más en su amistad y confianza. De ahí que mediara por él, ya en la Moncloa, en sendas gestiones de muy alto nivel: en la Secretaria de Estado del Vaticano y en la Casa Blanca de Washington con resultados harto desiguales. En el primer caso hubo una pronta audiencia privada con el Papa Juan Pablo II, y el nombramiento para la embajada pontificia del diplomático Jorge Dezcallar; y en el segundo, Rodríguez Zapatero erró con su respuesta y le supuso la clausura de la White House durante todo el mandato de George W. Bush, bien a mi pesar.

Muchas cosas se torcieron en nuestra relación desde entonces. Hay demasiados interrogantes que aun hoy taladran mi cerebro: ¿Puede la ideología viciar la ética como fundamento de conducta de un demócrata? ¿Es prudente en política desafiar– sin razones suficientes – a las grandes potencias de nuestro mundo sin atender a la geopolítica? ¿Puede un estadista demócrata sustentarse en turbias connivencias para apostar por terribles dictaduras como Venezuela o China? El comunismo y la violación de los Derechos Humanos debería vetar el matrimonio con los dictadores de la jaez de Maduro o de Xi Jinping, con aquellos que tergiversan la voluntad electoral de su pueblo y se irrogan su tiránica soberanía.

Me sobra información de cuanto ha estado acaeciendo en Venezuela. Mis amigos desde Leopoldo López hasta el exalcalde de Caracas p generales y almirantes ex – chavistas que hoy habitan el exilio han fornido mi percepción con sobradas informaciones acerca de la tiranía venezolana, la enorme corrupción institucional el robo de recursos naturales y el desviacionismo de los militares tras el cacicazgo de Diosdado Cabello, paladín de la arbitrariedad y el absolutismo.

Mi asombro ante la aparente ceguera o la distorsión culposa de un ZP que ha justificado hasta la falsedad electoral o la voluntad de un pueblo. Y el corolario aún peor: ¿hasta qué punto el magisterio bolivariano ha incidido en la degradación actual de nuestro sistema democrático? ¿Cuánto hay de ingeniería chavista en el deterioro actual de España como Estado y como nación? ¿Se nos está induciendo a un modelo mellizo de desasosiego institucional?

A la vista del deterioro de la realidad política forzoso es preguntarse si existe, primero, una ética indivisible en la clase política; segundo si se es consciente de las consecuencias en la ciudadanía de las lamentables conductas en la gestión de lo público; tercero ¿será acaso revisable el daño chavista de nuestra desatendida Constitución a la que no se respeta ni siquiera en la separación de poderes, ni en el cumplimiento del deber presupuestario, norma mínima de todo gobierno.

Ignoro si mi ex – amigo Zapatero ha evaluado el daño de tales conductas que Pedro Sánchez prodiga por doquier, pero mucho me temo que sus males serán más dañinos si los tribunales norteamericanos toman en consideración las sospechas que pesan sobre él. Me dolería como amigo que he sido. La sentencia de un clásico, Cayo Lucio es tristemente certera: “Sabrás que están dando un golpe de estado cuando los políticos corruptos atacan a los jueces que les persiguen”. Ahora bien ¿Se han preguntado por quienes son los cómplices que les acompañan en semejante despropósito? En Euskadi o en Waterloo que pongan “sus barbas a remojar”…

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