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MANUEL MILIÁN Si existe un término que me salpica las meninges y me enferma es ese necio latiguillo de Pedro Sánchez, del que abusa...

MANUEL MILIÁN

Si existe un término que me salpica las meninges y me enferma es ese necio latiguillo de Pedro Sánchez, del que abusa en exceso: queremos un gobierno progresista: ¿Qué es en verdad eso del progresismo? ¿Es progresista arruinar la economía de un país, como a punto estuvo de conseguirlo J.L. Rodríguez Zapatero? ¿Es progresista volver la vista atrás y regenerar los odios de las dos Españas para justificar la eterna posesión del gobierno? ¿Es progresista instalar la conciencia del subsidio para todo, en lugar de primar el esfuerzo, como se ha hecho en Andalucía durante los 40 años de poder socialista, como si de una Argentina peronista se tratara? ¿Es progresismo entregar tu alma política a ese perverso “benefactor” de George Soros (al que por cierto Pedro Sánchez recibió en secreto en La Moncloa nada más sentarse en el sillón del Poder)? ¿Es progresismo camuflar la lucha de clases del fracasado marxismo comunista, camuflada con el feminismo extremo? Etc., etc.

Tanta fe progresista me conmueve en la medida en que perturba el cerebro sumamente estructurado. Es la ingente mentira de ese Pedro Sánchez, ebrio de ambición, hipócrita y falso, sin límites, que pervierte los hechos históricos del pasado, al que nos quiere regresar de la mano del odio y del progresismo vacuo y abstracto.  No entenderé jamás que los españoles puedan votar a un farsante de la política, cuya incuria intelectual la encubre con dos sospechosos adjetivos (que no sus correspondientes sustantivos): progresista y democrático.

Cuando se echa mano hasta el abuso de ambos vocablos a uno le adviene el amargo sabor de las “repúblicas democráticas” del Este comunista.

Si existe un término que me salpica las meninges y me enferma es ese necio latiguillo de Pedro Sánchez, del que abusa en exceso: queremos un gobierno progresista: ¿Qué es en verdad eso del progresismo? ¿Es progresista arruinar la economía de un país, como a punto estuvo de conseguirlo J.L. Rodríguez Zapatero? ¿Es progresista volver la vista atrás y regenerar los odios de las dos Españas para justificar la eterna posesión del gobierno? ¿Es progresista instalar la conciencia del subsidio para todo, en lugar de primar el esfuerzo, como se ha hecho en Andalucía durante los 40 años de poder socialista, como si de una Argentina peronista se tratara? ¿Es progresismo entregar tu alma política a ese perverso “benefactor” de George Soros (al que por cierto Pedro Sánchez recibió en secreto en La Moncloa nada más sentarse en el sillón del Poder)? ¿Es progresismo camuflar la lucha de clases del fracasado marxismo comunista, camuflada con el feminismo extremo? Etc., etc.

Tanta fe progresista me conmueve en la medida en que perturba el cerebro sumamente estructurado. Es la ingente mentira de ese Pedro Sánchez, ebrio de ambición, hipócrita y falso, sin límites, que pervierte los hechos históricos del pasado, al que nos quiere regresar de la mano del odio y del progresismo vacuo y abstracto.  No entenderé jamás que los españoles puedan votar a un farsante de la política, cuya incuria intelectual la encubre con dos sospechosos adjetivos (que no sus correspondientes sustantivos): progresista y democrático.

Cuando se echa mano hasta el abuso de ambos vocablos a uno le adviene el amargo sabor de las “repúblicas democráticas” del Este comunista. Con lo democrático en la mano a Honecker no le temblaban las manos para la tortura en la Alemania del Este; ni a Gomulka en Polonia para ahogar a los católicos; ni a Brézhnev en le URSS para instalar en Checoslovaquia  (Primavera de Praga) su centralismo democrático; ni a Stalin para asesinar más gentes que Hitler con los judíos; ni a Mao Tse Tung para democráticamente inspirar y aplicar su “Revolución cultural”, etc.  ¿Revisten tales ejemplos el adjetivo abrasivo de “democrático”? Lo dictaba Lenin: “Una mentira mil veces repetida acaba convirtiéndose en verdad” ¿Se necesitan más argumentos que ese demoledor recuento de 90 millones de asesinados y muertos ocasionados por el comunismo en sus 70 años de historia? (Libro negro del comunismo, editorial Planeta, 1998).

Llegados a este punto, forzoso es preguntarse si el abuso terminológico de ambos adjetivos no es una tapadera o pretexto para ocultar intenciones aviesas, como mínimo manipulatorias ¿Acaso nuestros deleznables y mediocres líderes europeos, españoles y catalanes, no echan mano de una terminología farsante para disimular sus genuinas intenciones? En esta hora de convulsión cíclica de la Historia resulta extremadamente dañina la perversión del lenguaje, la transmutación semántica de los contenidos, la brutal mentira de la Postverdad a la que a menudo se acogen los peores políticos de la era contemporánea. Hitler arrastró al pueblo alemán  con mentiras, que difundió, edulcoró y manipuló Goebbels ¿No estaremos viviendo algún pasaje perdido entre nosotros más allá y más acá del río Ebro?

Casi nada de lo que pasa me gusta, pero nada de lo que pasa me confunde. En todo caso, me produce malestar de estómago y vómitos. Nunca jamás hube conocido en mi vida un desconcierto político-social como el presente; ni tampoco tanta mentira en uso, ni tantísima mediocridad en los liderazgos, ni tamaña manipulación de la opinión pública, ni tantísima alienación (según el léxico marxista) como la de los ciudadanos de hoy, particularmente en Catalunya, España y Gran Bretaña. Por esta vía se desemboca inexorablemente al fascismo de derechas y de izquierdas. Hemos triturado nuestro sistema de valores, nuestra cultura cristiana, nuestras normas morales sobre las que se fundamenta el sistema democrático. O, ¿piensa algún enloquecido que a la Democracia la salvará el Islam?

Vivimos tiempos de confusión, de sumas ignorancias y de deleznables dirigentes  en nuestras sociedades. Y el fascismo, el populismo radical, la mentira postcomunista están llamando a nuestra puerta. Putin desde el Este entrometiéndose en todas las contradicciones europeas, en todos los conflictos desestabilizadores (Catalunya entre ellos). Trump destrozando todos los esquemas del Orden Internacional que ha impedido guerras en Occidente después de 1950. Erdogan –con la anuencia de Trump- descuartizando la OTAN, que ha sido nuestra salvaguarda. Lo acaba de decir el presidente Macron. Sin escudo ¿quién nos defenderá del dominio de los ambiciosos, las mafias, los narcos, los locos utópicos que habitan todavía en el hiperuranio de Platón? Traigo a colación conclusiva el axioma aristotélico-escolástico: “Nemo dat quod non habet” (Nadie da lo que no tiene, aquello de lo que carece). Pues eso ¿De dónde puede surgir la inteligencia de unos políticos que no la poseen y que pervierten el contenido del léxico que emplean? Sin duda, la más inútil de las esperanzas…

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