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MANUEL MILIÁN Sun Tzu, un genio de la psicología social y de la guerra en la China muy anterior a Cristo, dejó una sentencia...

MANUEL MILIÁN

Sun Tzu, un genio de la psicología social y de la guerra en la China muy anterior a Cristo, dejó una sentencia irrevocable: “Un hombre malo es capaz de quemar su propia nación hasta los cimientos para poder gobernar sobre sus cenizas”. ¿Acaso no es aplicable a la escenografía política que hoy conocemos? Nuestro paisaje político es detestable como mi generación no hubo conocido anteriormente, y cada día asemeja más a lo que nuestros padres y abuelos referían de la decrepitud y decadencia de la II República y del trágico Frente Popular. Cabría apelar a la famosa exclamación de Ortega y Gasset, su “¡no es eso, no es eso!
No se puede edificar, ni sobre la corrupción, ni sobre la mentira. Y el invocado relato del sanchismo es ya en sí mismo el trasunto de la invocación a mentir. ¿Para qué se acude al relato – y no a los hechos – sino para investir de falsedad la realidad y los aconteceres? Es el aforismo romano “facta, non verba” (hechos, no palabras). Sin embargo la pléyade de asesores de la Moncloa tienen un exclusivo objetivo: construir una realidad alternativa, falsear la perspectiva y la razón de los acontecimientos. Su sola multitudinaria existencia ya trasluce la intencionalidad de construir los relatos en lugar de asumir un discurso acreditado sobre los hechos. Toda una perversión monumental sobre la evidencia verificable de los sucesos diarios persiguiendo tan solo la extracción de una verdad aparente y ficticia.
Quienes hemos estudiado la Lógica de Aristóteles sabemos que “nadie da lo que no tiene” (Nemo dat quod non habet) y surge mi pregunta: ¿qué puede dar de sí quien ha puesto en pie una determinada política a partir de la falsedad de los orígenes? ¿de la financiación de muy dudosa procedencia?, de la “cuadrilla del Peugeot”: ¿Acaso de los prostíbulos familiares?

O qué cabe esperar de quien transgrede toda la base argumental de su razonamiento anti-corrupción didácticamente argüida en su moción de censura de 2018? ¿Quizá sus argumentos eran reversibles cuando le atienen al propio censurador? ¿No es el delito universal, o el sanchismo lo ha convertido en adaptable? ¿Existe, tal vez, una moral de privilegios para la izquierda que se torna afilado puñal para la derecha? Resulta metafísicamente imposible obtener naranjas o manzanas de un olmo o de una higuera. Ergo la falsedad es la piedra sobre la que se levantará un discurso – o relato – mendaz, intencionadamente maligno desde su origen: “Nadie da lo que no tiene”…

La mentira jamás puede revertirse en verdad, pues la mentira nace de lo que no es, y asentar toda una gobernación sobre esta irrealidad conduce finalmente a la confrontación, al odio, al resentimiento y a la división. De ahí la esquizofrenia de una evidencia racional trastornada, que – experientia patet – solo conduce al choque y la violencia de quienes se ubican a una u otra orilla del río o de las trincheras. ¿Alguien se interroga sobre lo que realmente indica el muro construido por el sanchismo entre las dos Españas? ¿No fue, acaso, esta división la perpectiva natal de Rodríguez Zapatero?

¿Tal vez no existe hoy una doble visión de la realidad española según la partida de nacimiento de los de una y otra orilla? Una tal realidad, desquiciada y desquiciante, conjuga con la definición bipolar que la Real Academia de la Lengua conceptúa como esquizofrenia: “una enfermedad mental evolutiva con escisión de la personalidad y perturbación de funciones psíquicas”. Es decir, políticos en realidad desquiciados, conflictuantes y malsanos. Justo lo contrario que trató de evitar la Transición tras el discutible franquismo y la brutal dicotomía de la fratricida Guerra Civil.

Llegados a esta punto, solo me resta invocar la amenaza de Dostoyevski: “Ya solo falta que me prohíban hablar para no ofender a los imbéciles”. O sea, ni ofender a los imbéciles ni tampoco a los cuerdos, pues cuando los cuerdos son silenciados son otros quienes tomarán el relevo; su salud intelectiva conduce por lo común al funeral de las democracias; es la deriva de las ineptocracias. Si el lector alberga alguna duda, le recomiendo la reposada lectura del ensayo del profesor Antonio Elorza: “Pedro Sánchez o la pasión por sí mismo”, y que lleva por subtítulo: “Anatomía de un dictador” por algo será.

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