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MANUEL MILIÁN Una colega tertuliana de Catalunya Ràdio me ofreció una feliz definición del personaje de Pedro Sánchez: “es un significante sin significado”. Me...

MANUEL MILIÁN

Una colega tertuliana de Catalunya Ràdio me ofreció una feliz definición del personaje de Pedro Sánchez: “es un significante sin significado”. Me apropié de su definición, y así se lo hice saber. Pedro Sanchez viene a ser como un hermoso vaso de cristal de Bohemia perfectamente vacío. La cuestión está en con qué se llena: agua, vino, cicuta, cerveza, o un sutil veneno con efectos retardados. Y, hoy por hoy, ni el agua, ni el vino parecen ser los componentes de ese contenido del bello vaso de cristal.

La segunda cuestión es qué o quién compone ese “significado”. Usualmente implementa el discurso del “significante” quien a su vera toma asiento. Es la ley de la Física: en política no existe el vacío, sino que ese vacío sacia quien in situ está en condiciones de hacerlo. Pedro Sanchez carece de casi todo lo exigible en un estadista: principios, un contenido ético, capacidad de alumbrar ideas, criterio claro de prioridades, categorías morales, compromiso de la palabra dada, solidez en las actuaciones y en las decisiones, respeto a las minorías, un pensamiento político sólido y definido. Ni la ambigüedad, ni la mentira pueden ser armas de un político que se precie.

La mentira es la peor arma de un político, el escarnio de un gobernante, a pesar de Lenin y su concepción de la mentira como “el instrumento más revolucionario”. La mentira, si es execrable en lo privado, resulta absolutamente condenable en el ámbito de lo público. En EE.UU. pre-Trump la mentira bastaba para destruir una presidencia, como le ocurrió a Richard Nixon, al que apodaban “Dick el tramposo”, como Carlos Rojas se encargó de difundir en el viejo El Noticiero Universal en sus artículos desde Atlanta en los años 60. Nixon “el tramposo” acabó dramáticamente su presidencia por mentir en el caso Watergate ¿Qué debería haber ocurrido en España en las elecciones del 10 de noviembre pasado, y en el escandaloso despliegue de mentiras y radicales contradicciones con sus promesas electorales, absolutamente traicionadas por la perversa manera del engaño de que hace uso Pedro Sanchez? De existir en la Constitución española “el impeachment”, probablemente ahora estaríamos de lleno en ese proceso.

Me parece escandaloso que se mienta al electorado, y se obtenga su confianza para hacer exactamente lo contrario. No conocí jamás entre nosotros un caso semejante. Desde el punto de vista moral supone una clara intención manipuladora de la confianza ajena errada a raíz de las mentiras y las falsas promesas. Es esa, sin duda, la peor de las políticas, tan vituperable como la corrupción de un gobernante. En ambos casos la Democracia correcta debería exigir su destitución. Utilizar a Maquiavelo como el gran mentor de esa filosofía moral política me parece monstruoso en un sistema democrático. Bien sé que su consejo en El Príncipe señala que lo más importante para el príncipe es “conseguir el Poder y conservarlo” (cito de memoria). Todo un principio de malversación moral, puesto que “el fin justifica los medios” lo diga específicamente o no el canciller florentino, en modo alguno pone límites morales al abuso de cualquier medio para alcanzar el objetivo del Poder. ¿Se inspiraría en Pedro Sánchez, en lugar de Fernando de Aragón? Sería un profético anacronismo.

Con estas claves habrá que atender a no pocos de sus movimientos políticos de futuro. El vaso ha empezado a llenarse con el uso de la estrategia postmarxista del feminismo como sustitutivo de la lucha de clases (luchas de género) que en un Congreso de Mujeres Católicas en Roma avancé en mi ponencia sobre el tema en el año 2004. Nada nuevo para mí esa feminización de los colectivos políticos, ni esa demagogia de las matizaciones a la búsqueda de la solución “del pueblo en la calle”. En una cena de alta política en Buenos Aires, dos años atrás, coincidí con Monedero en su análisis general de la crisis del sistema capitalista y de sus formulaciones políticas, pero discrepé en esa solución final del populismo. No es el pueblo en la calle, sino las élites atendiendo a las necesidades y exigencias del pueblo.

El gran problema será cuando el vaso se llene de hipotéticos conceptos leninistas: el mismo autor de la sentencia “una mentira repetida muchas veces, se convierte en una gran verdad”, nos legó un axioma demoledor:

“Los comunistas deben vivir la revolución, comerla, respirarla, soñarla, deben mentir, engañar y hasta asesinar, no importa que se trate de su madre”.

¿Es esa la pócima que llenará el vaso vacío en los tiempos que vienen?

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