El miedo humano a la oscuridad y la necesidad de mirar hacia ella
PENSAMENTS 28 maig, 2026 Vinaròs News
JOSÉ LUIS BARREDA
Hay un tipo de angustia que no aparece en los manuales clínicos, pero que atraviesa la vida contemporánea como una corriente subterránea: la angustia de no sentir, ese vacío que late detrás de la hiperestimulación, de la auto explotación emocional y de la obligación moderna de estar siempre vibrando. Es un miedo silencioso, casi vergonzoso, porque no se parece al pánico clásico ante la oscuridad; es más bien el temor de asomarse al abismo interior y descubrir que no hay eco.
La cultura actual ha convertido la sensibilidad en un espectáculo. Mientras algunos viven en un estado de hiper-afectividad —como si cargaran con las emociones del mundo entero— otros temen haberse quedado fuera del reparto emocional. En ese contraste aparece la sospecha de que sentir se ha vuelto un privilegio, y que la anestesia afectiva es la nueva forma de pobreza espiritual.
Ese es el verdadero rostro de la angustia existencial moderna: no la oscuridad, sino la indiferencia.
La oscuridad como espejo, no como amenaza
La oscuridad siempre ha sido un símbolo de lo desconocido, del peligro, del caos. Pero hoy, paradójicamente, la oscuridad ya no asusta por lo que oculta, sino por lo que podría revelar. Mirar hacia dentro implica enfrentarse a la posibilidad de que la vida que llevamos —tan llena de estímulos, pantallas, ruido y urgencias— haya erosionado nuestra capacidad de sentir con profundidad.
La oscuridad interior no es un monstruo: es un espejo. Y lo que aterra no es su profundidad, sino la sospecha de que no refleje nada.
El ruido como defensa contra el vacío
Vivimos rodeados de ruido emocional:
Opiniones que se confunden con sentimientos
Reacciones automáticas que se disfrazan de pasiones
Intensidades performativas que sustituyen a la vulnerabilidad real
El ruido es una estrategia de supervivencia. Sirve para no escuchar el silencio interior, ese que nos obliga a preguntarnos si estamos viviendo o simplemente reaccionando.
Por eso la sociedad contemporánea teme tanto la pausa, la lentitud, la contemplación. Porque en ese espacio aparece la pregunta que nadie quiere formular:
¿Qué queda de mí cuando se apagan todas las luces?
La necesidad de mirar hacia la oscuridad
Mirar hacia la oscuridad no es un acto morboso; es un gesto de honestidad. Implica aceptar que la vida no puede sostenerse solo en la superficie, que la sensibilidad no es un recurso infinito y que la identidad no se construye únicamente con estímulos externos.
La oscuridad es necesaria porque nos devuelve la escala real de nuestras emociones. Nos obliga a distinguir entre lo que sentimos y lo que creemos que deberíamos sentir. Nos recuerda que la sensibilidad no es un espectáculo, sino un territorio íntimo que requiere silencio, tiempo y coraje.
Mirar hacia la oscuridad es, en el fondo, un acto de resistencia contra la anestesia emocional contemporánea. Es reclamar el derecho a sentir sin prisa, sin ruido, sin público.
Conclusión: el miedo a no sentir como síntoma de una época
La angustia existencial moderna no es un fallo personal; es un síntoma cultural. Vivimos en un tiempo que exige intensidad, pero castiga la profundidad, que celebra la emoción,n pero teme la introspección. Por eso el miedo a la oscuridad se ha transformado en miedo a la ausencia de emoción.
Pero la oscuridad no es un enemigo. Es un territorio fértil.
Quien se atreve a mirarla descubre que el vacío no es un final, sino un comienzo: el espacio donde puede nacer una sensibilidad más auténtica, más propia, menos condicionada por el ruido del mundo.





