
JOHN J POLO
«Este artículo fue escrito en días difíciles tras la partida de mi prima Carmen. Lo dedico a su memoria, cuya luz me sigue acompañando.»
«En estas tierras, la guerra no se hace entre hombres, sino entre fieras de los bosques», cronista polaco Barón Charles Dembowski en su obra Dos años en España durante la guerra civil (1838-1840), al describir la brutalidad de la Primera Guerra Carlista.
El siglo XIX español no se escribió con tinta, sino con una densa aleación de pólvora, fango y sangre. En mitad de ese escenario desgarrado por las Guerras Carlistas brotó una estirpe de combatientes indómitos que, más que hombres de uniforme, parecían una fuerza desatada de la naturaleza. Por eso, las crónicas de la época, los partes de guerra y la literatura romántica no tardaron en buscar en el reino animal los nombres necesarios para descifrar su ferocidad: eran lobos, tigres y leones. Curiosamente, el destino quiso que el más feroz de estos apelativos, el del Tigre, fuera esculpido a orillas del Mediterráneo por la pluma de un vinarocense. Adentrémonos en el corazón de aquella centuria para descubrir quién, cómo y cuándo bautizó a cada una de estas fieras de la historia.
EL LOBO DE LAS AMÉSCOAS : EL TIO TOMÁS
Tomás de Zumalacárregui e Imaz
En el corazón de Navarra, el mito del general Tomás de Zumalacárregui quedó unido para siempre al salvaje valle que convirtió en su fortaleza natural. Fue la prensa liberal de la época la encargada de bautizarlo con saña como el «Lobo de las Améscoas», buscando presentarlo ante la opinión pública como una fiera implacable y desprovista de piedad. Le llamaban así porque, al igual que el cánido de los bosques norteños, operaba desde la espesura de Urbasa, arrastrando a las tropas isabelinas a letales emboscadas nocturnas para luego desvanecerse entre la niebla. El general carlista dominaba el terreno como un depredador nativo: conocía cada desfiladero, cada sima y cada sendero oculto, lo que le permitía pulverizar las pesadas columnas del ejército regular isabelino mediante una guerra de desgaste tan invisible como mortífera. Sin embargo, este desprecio propagandístico chocaba frontalmente con el fervor ciego de sus propias filas. Lejos del terror que infundía en los liberales, sus soldados lo veneraban con una familiaridad casi sagrada y lo llamaban el Tío Tomás. Compartía con sus hombres el rancho, las penurias del frío y el barro de las trincheras, ganándose una lealtad inquebrantable que transformó a un grupo de campesinos mal armados en una máquina de combatir disciplinada y temible. De este modo, la historia partió su figura en dos mitades indisolubles: mientras para los enemigos era el lobo herido que acechaba en la sombra, para el pueblo carlista era el padre protector y el alma de la causa.
Un alma que se quebró abruptamente tras el fatal asedio de Bilbao en junio de 1835, donde una herida de bala mal curada en la pierna segó la vida del héroe del norte en plena cumbre de su genio militar. Su inesperada muerte provocó un terremoto político y estratégico en la corte del pretendiente Don Carlos, dejando al carlismo momentáneamente huérfano de garras y sumido en una profunda crisis de liderazgo en el frente vasco-navarro. Sin embargo, el fuego de la insurrección no se apagó con su último suspiro, sino que mudó de geografía y de estrategia. El testigo de la ferocidad y el mando militar cruzó el río Ebro; la desaparición del caudillo navarro dejó un inmenso vacío en las Améscoas que pronto sería reclamado por una nueva e implacable fiera. La mística del lobo dio paso a la astucia del felino, provocando que el peso de la resistencia legitimista recayera por completo sobre los hombros del indómito General Cabrera, erigido desde ese instante en el señor absoluto del Maestrazgo.
EL TIGRE DEL MAESTRAZGO : LA PLUMA DE VINARÓS
El General Cabrera y la portada del libro : El Tigre del Maestrazgo sea de Grumete a General del vinarocense Wenceslao Ayguals
Si las nieblas del norte encumbraron al lobo, las tierras del Maestrazgo vieron nacer al felino más temido del siglo XIX: el general Ramón Cabrera. Sería la pluma apasionada del vinarocense, Wenceslao Ayguals de Izco, la encargada de acuñar e inmortalizar para siempre su apelativo como el Tigre del Maestrazgo. Ayguals de Izco no era un cronista cualquiera; era el maestro indiscutible de la novela de folletín en España, un escritor de raza e idealista republicano que utilizaba su gigantesca imprenta madrileña como un arsenal ideológico para agitar las conciencias de las clases populares. Sin embargo, su literatura se tiñó de una furia muy personal tras los trágicos sucesos de Alcanar. En aquella plaza fortificada, las huestes carlistas lanzaron un asalto despiadado contra la milicia nacional liberal, una carnicería en la que cayó ensangrentado su propio hermano, Joaquín Ayguals. La pérdida desgarró al autor vinarocense, quien trocó el luto en pólvora narrativa y vertió todo su dolor, su sed de justicia y su arrolladora elocuencia en su obra : El Tigre del Maestrazgo, o sea, De grumete a general.
A través de aquellas entregas semanales que devoraban miles de lectores en los quioscos, Ayguals esculpió la fisonomía mítica de Cabrera, retratándolo como una fiera implacable, astuta y sanguinaria que gobernaba sus feudos montañosos con garras de acero y una crueldad felina. Aquel título, además, guardaba un afilado dardo: al llamarlo «grumete», el literato humillaba los orígenes marineros de Cabrera en Tortosa, presentándolo como un advenedizo que había escalado hasta la aristocracia carlista a base de terror. Sin embargo, al igual que ocurrió en Navarra, este terrible bautismo liberal contrastaba con el misticismo de sus propios soldados. Para los carlistas del Maestrazgo, las infamias de la prensa isabelina se transformaban en timbres de gloria; ellos veían en el Tigre al caudillo invicto, al estratega genial capaz de humillar a los mejores generales isabelinos y fundar un estado soberano en mitad de las rocas. Así, la dolorosa venganza literaria de un vinarocense terminó, por esas paradojas que tiene el arte, regalándole al carlismo su mito más feroz, eterno y legendario.
AYGUALS DE IZCO Y GONZALEZ DE LA CRUZ EN GUERRA LITERARIA
Guerra literaria en el siglo XIX: Portada de El vengador y la sombra de Cabrera (1849), obra con la que González de la Cruz contestó y refutó la célebre novela de Ayguals de Izco sobre el general Ramón Cabrera
El siglo XIX en España estuvo marcado por una profunda inestabilidad política y por un choque ideológico constante que no solo se libró en los campos de batalla de las Guerras Carlistas, sino también en las imprentas. En este escenario de trincheras de tinta,
Rafael González de la Cruz se convirtió en una figura combativa clave.
Al publicar en
Madrid (1849) su obra
El vengador y la sombra de Cabrera, González de la Cruz
luchó encarnizadamente en el terreno literario contra Wenceslao Ayguals de Izco, uno de los autores y editores liberales más influyentes y leídos de la época. Ayguals de Izco había publicado previamente
El Tigre del Maestrazgo, o sea, De grumete a general, una exitosa novela por entregas de corte folletinesco que atacaba con dureza y caricaturizaba la figura del líder militar carlista Ramón Cabrera y Griñó.
Ante lo que consideraba un ultraje y una manipulación histórica, González de la Cruz empuñó la pluma con el firme propósito de plantar cara a la narrativa liberal imperante. Su libro nació como una refutación directa y apasionada, estructurada a lo largo de un prólogo y 181 páginas, dedicada explícitamente a desmentir las acusaciones de Ayguals de Izco. A través de este texto, el autor entabló una verdadera guerra de propaganda literaria con el fin de justificar las acciones de Cabrera, limpiar su reputación de militar despiadado y construir una encendida apología defensiva en favor del pretendiente Carlos María Isidro de Borbón (Don Carlos) y de la causa tradicionalista.
Debido al carácter eminentemente panfletario, político y militante de esta clase de escritores partidistas de la época, los datos estrictamente biográficos de Rafael González de la Cruz como su lugar exacto de nacimiento o detalles de su vida personal quedaron eclipsados por su producción escrita, permaneciendo muy difusos en las crónicas de la época. Sin embargo, su nombre quedó firmemente grabado en la historia de la literatura decimonónica española por haber protagonizado uno de los duelos editoriales e ideológicos más encarnizados del romanticismo combativo español. Hoy en día, su obra original editada por la Imprenta de Hernández es considerada una auténtica rareza bibliográfica de gran valor.
LOS LEONES DE LA PROVIDENCIA DEL EJERCITO CONFEDERADO
Ambrose Powell Hill, General del Ejercito Confederado
Para rastrear el rugido de los Leones, la historia nos obliga a cruzar el océano y adentrarnos en el infierno de la Guerra Civil Americana. Tras morder el polvo de la derrota en España, oleadas de combatientes carlistas emprendieron un largo y errante exilio que los llevó primero a los fríos refugios de Francia e Inglaterra, antes de embarcarse algunos rumbo al profundo sur de los Estados Unidos, desembarcando principalmente en las costas de Luisiana y Alabama. No combatieron agrupados bajo una sola bandera dinástica, sino que se alistaron a título individual portando en el alma la indomable veteranía de la primera guerra carlista en España.
De su patria herida a los campos del Sur profundo, los carlistas exiliados llevaron consigo una misma certidumbre romántica. Cuando en 1861 estalló la Guerra de Secesión, aquellos combatientes no vieron en los Estados Confederados una nación extraña, sino el eco transatlántico de su propia causa. Existía una honda afinidad entre el tradicionalismo rural sureño y el ideal foral: ambos compartían el rechazo al centralismo asfixiante y a las corrientes liberales de la modernidad. Al empuñar las armas por la Confederación, aquellos proscritos no hacían más que continuar, bajo otro cielo, su inacabable guerra contra el progreso moderno
En aquellas tierras americanas, el destino los llevó a encuadrarse junto a batallones de rebeldes hispanos procedentes de Cuba, Mexico e irlandeses católicos que compartían su misma fe. Muchos de estos veteranos carlistas terminaron engrosando las filas del mítico regimiento de los Cazadores Españoles (Cazadores Espanoles Regiment) de Luisiana, así como la célebre y temida división de los Louisiana Tigers. Fue precisamente su bravura temeraria en mitad del fragor de batallas legendarias lo que dejó atónito al general confederado A.P. Hill. Al contemplar cómo aquellos extranjeros andrajosos y curtidos en mil batallas se batían en primera línea sin retroceder un palmo, Hill los bautizó exclamando: My rude, tattered lions of Providence, (Mis rudos y andrajosos leones de la Providencia). Así, desterrados de sus valles natales pero invictos en su orgullo, aquellos leones demostraron al nuevo mundo que el viejo valor carlista no entendía de fronteras.
EL SILENCIO Y EL ÚLTIMO ESLABON
Charles Frederick Henningsen : Primera Guerra Carlista (España): Combatió incondicionalmente a favor del bando carlista. Su mentor principal fue el general Tomás de Zumalacárregui, Guerra de Secesión (Estados Unidos): Sirvió como oficial (coronel) en el bando confederado del sur durante la guerra civil.
Al final, cuando el humo de las batallas se disipó a ambos lados del Atlántico, la historia demostró su habitual indiferencia con los vencidos. El destino no quiso que ninguno de aquellos soldados fuera homenajeado con grandes monumentos o desfiles de victoria; de los fieros combatientes que cruzaron el mar solo queda el silencio y un reguero de lápidas olvidadas en los cementerios de Luisiana y Alabama, donde el musgo devora lentamente los apellidos españoles grabados en la piedra.
La paradoja de esta epopeya es tan cruda como hermosa: el único nombre vinculado a la primera línea carlista que logró esquivar el olvido institucional y ser recordado con los máximos honores militares en el Nuevo Mundo no fue un soldado de infantería anónimo, sino el mismísimo capitán de lanceros y confidente del Tio Tomás: el inolvidable aventurero anglo-danés Charles Frederick Henningsen. Henningsen, que tras escribir las memorias de Zumalacárregui en Europa cruzó el océano para acabar convertido en un respetado general de la Confederación americana, se erige así en el último y más brillante eslabón de la leyenda; la prueba viviente de que cuando las garras de las fieras se quiebran en su patria chica, su espíritu indomable permanece grabado para siempre en las páginas de la historia universal.
Fuentes y Bibliografía
Siglo XIX
- HENNINGSEN, Charles Frederick. The Most Striking Events of a Twelvemonth’s Campaign with Zumalacarregui in Navarre and the Basque Provinces — 1836.
- AYGUALS DE IZCO, Wenceslao. El Tigre del Maestrazgo, o sea, de grumete a general. — 1846 (publicado en entregas entre 1846 y 1848).
- GONZALEZ DE LA CRUZ, Rafael, El Vengador y la Sombra de Cabrera — 1849.
- THE WAR OF THE REBELLION. The War of the Rebellion: A Compilation of the Official Records of the Union and Confederate Armies. Washington, Government Printing Office. — 1880 (publicado progresivamente entre 1880 y 1901).
Siglo XX
- LONN, Ella. Foreigners in the Confederacy. University of North Carolina Press — 1940.
Siglo XXI
- CAIXAL I MATA, David Odalric. «Los carlistas en la Guerra de Secesión Norteamericana (1861-1865)». — 2003
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