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MANUEL MILIÁN A este país le conviene un receso para detener la incontinencia verbal, la necia manera de desrazonar los problemas, la insumisa obsesión...

MANUEL MILIÁN

A este país le conviene un receso para detener la incontinencia verbal, la necia manera de desrazonar los problemas, la insumisa obsesión para enredar más las cosas. A menudo un escupitajo puede adquirir mayores dimensiones en sus consecuencias que un bofetón. En el fondo se trata de un problema de formas, o más bien de educación; y lo que en la vida ordinaria sería un insulto, en política se convierte en un drama. La clave radica en el hecho de que en política la anécdota se convierte en categoría, y de ahí el riesgo de la desproporción en la respuesta o en las consecuencias. Cualquier exabrupto de Rufián desencadena la tormenta. Cualquier ocurrencia del bueno de Tardà provoca las furias del hemiciclo. Una salida de tono de Albert Rivera conlleva una moción de censura y la caída de un gobierno ¿Se trata de una casualidad, o de una causalidad? Difícil será determinarlo.

El escenario se tiñe de tremendismo al extremo de no hallar precedentes, salvo que nos remitamos a la 2ª República, donde los insultos derivaron en amenazas, y de éstas se seguiría  el asesinato o la agresión. No me valen las comparaciones con otros Parlamentos (británico, italiano, de Ucrania, etc.), dado que la cultura histórica no es equivalente con la de un país -España- que en siglo y medio sufrió cuatro guerras civiles: las Carlistas del siglo XIX y la Guerra Civil del siglo XX. Nada que ver con otras variadas algarabías que se produjeron en otros Parlamentos, sin consecuencias trágicas en la calle. Las formas tienen su ortodoxia, como los sistemas, y del cementerio de las formas puede emerger otro tipo de males y de tumbas.

Un primer factor de este mal es el escenario: el Congreso de Diputados hoy se presta al histrionismo; del mismo modo que no guarda proporción la calidad intelectual de los diputados con sus predecesores de la Transición o de la 2ª República ¿Alguien comparable a Unamuno, Ortega y Gasset, Azaña, o Gil Robles? Sería un delirio establecer comparaciones, entre otras razones porque el sentido de lo común ha dado paso al sentido de lo particular, la inmediatez, lo privado, la dimensión antitética de lo que debe ser un parlamentarismo saludable con la mirada puesta en el Bien Común o general. En razón de ello la oratoria ha dado paso a la flecha hiriente, el dardo venenoso, a la puñalada por la espalda, al insulto al opositor, con tal saña que deberíamos cuestionarnos si, en lugar de adversarios, los que habitan en las bancadas ajenas no son en realidad enemigos.

En segundo lugar es la ausencia de realismo. El insulto es el plano opuesto al análisis de los hechos y su genética ¿Se preguntan estos diputados por el porqué de las cosas? ¿Alcanzan a medir las consecuencias de sus necios alegatos? Quizás el gran problema sea la falta de madurez intelectual de esta clase política neófita, impreparada, de calle, en verdad sin discurso. Lo advertía Platón, y lo acreditaba Cicerón a la Roma Republicana: la sabiduría y la prudencia, virtudes axiales de la Política, sólo las otorga la madurez, el estudio y la experiencia. Nada que ver con el político de hoy al uso: faltan políticos de más de 40 años y sobran aprendices de menos de 40. Lo que ocurre ahora en Cataluña hubiera sido impensable con la Transición. Y, por otro lado, de este desconcertante escenario sólo se saldrá desde la madurez, experiencia y sabiduría, de lo que hoy, desgraciadamente, es deficitaria la clase política.

El tercer factor causal es el contexto en que nos movemos. Demasiada globalización para contener los efectos perniciosos, un exceso de permeabilidad en las malas influencias, una ceguera creciente en las embrumadas coyunturas en que se desarrolla la acción política. No está muerto el pasado (ingente error de la ley de Memoria Histórica, por unilateral y vengativa), una falta de definición del universo nuevo en el que vamos a desarrollar; y finalmente, una osadía sin límites en anticipar lo que está por ver que vaya a ser, y los efectos ponderados de la vigente revolución tecnológica, que sin duda levantará una nueva arquitectura en la modo de vivir, en la sociedad post-industrial y en el conflictualismo inherente a la brutal dinámica de los Tiempos. La resultante será un modelo todavía imperceptible en todo su contorno. De ahí la imprudencia y la insuficiente madurez para calibrar lo que está viniendo en este cambio de cultura o de civilización. Me remito al sagaz Antonio Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos“. Citado por Juan Pablo Meneses, en “La ruta salvaje de la globalización“. Hablamos de una cuestión de formas ante un telón de fondo negro.

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