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Històries d'avui en dia

     NEUS BORDES         Mis ojos se entrecerraban irremediablemente con el suave traqueteo del tren, el viaje era largo, así que...

     NEUS BORDES        

Mis ojos se entrecerraban irremediablemente con el suave traqueteo del tren, el viaje era largo, así que apenas opuse resistencia. Mis pensamientos discurrían intermitentemente, entre la realidad del paisaje que observaba a través de las ventanillas de aquel viejo vagón, y el mundo inconexo de los sueños.

Una sombra de deslizó silenciosamente ante mis ojos y se sentó en el asiento que había libre justo frente al mío. Miré a mi alrededor y pude comprobar que el vagón seguía completamente vacío, algo incomoda y molesta, ignoré por completo al desconocido, pues siempre detesté compartir espacio con cualquier persona y por supuesto, entablar conversaciones vacías con extraños. Las decepciones en mi vida me habían ido alejando uno a uno de todos mis seres queridos y ya no confiaba en nadie.

Aquella presencia me resultaba inquietante. Disimuladamente lo observaba con detenimiento, intentando adivinar qué historia se escondía tras aquel rostro en el que el tiempo y la vida, habían dejado su huella en forma de profundos surcos conectados entre sí, que se abrían como pequeñas carreteras a través de su piel y no parecían seguir ningún patrón específico.

Como único equipaje, llevaba una pequeña caja de galletas negra con flores dibujadas que parecía oxidada por el paso del tiempo. El anciano, hacía repiquetear sus dedos sobre la tapa de hojalata, en una melodía incansable mientras murmuraba algo parecido a una canción, que no me resultaba desconocida del todo.

El hombre, abrió la vieja caja con sumo cuidado y me ofreció una galleta, lo ignoré por completo, sin ni siquiera molestarme en buscar alguna excusa para rechazarla. El extraño anciano, con gesto divertido empezó a comerse las galletas de forma exagerada, y entre risas me contó que la situación le recordaba a un viejo relato de Jorge Bucay, que yo no conocía. Sobre una señora, un joven y una pequeña caja de galletas.

“En el que al parecer, una anciana llegaba a la estación y le anunciaban que su tren llegaba con retraso, para amenizar la espera, compraba una caja de galletas. A su lado, se sentó un joven que mientras leía el periódico del día, tomaba la caja de galletas y comenzaba a comérselas mirando a la señora a los ojos y sonriendo. La señora cogía una galleta y con gesto enfadado se la comía. Ambos empezaban a comer una galleta tras otra hasta que solo quedaba una. La mujer pensó “No será capaz”, y en ese momento, el joven cogía la galleta la partía por la mitad y se la ofrecía a la señora. Indignada con el joven, la mujer subió a su tren, sintió sed y al ir a buscar el agua dentro de su bolsa allí estaba su caja de galletas.”  (Jorge Bucay)

Tras esas palabras, y al no obtener respuesta por mi parte, pues seguía en mi empeño de no disimular cuanto me incomodaba su presencia, permaneció en silencio mientras miraba por la ventana y volvía a repiquetear con sus dedos, sobre la tapa de galletas ya vacía, mientras seguía silbando aquella molesta canción.

Poco después, me desperté por culpa del silencio. A mi alrededor no había un solo ruido, a través de la ventana solo pude ver mi propio reflejo, ya era completamente de noche. Miré el reloj casi en un acto reflejo, tan solo faltaban pocos minutos para llegar a mi destino y el vagón estaba vacío de nuevo. Frente a mi ya no estaba aquel extraño señor, y lo peor de todo, no había una sola señal de que alguien hubiera estado allí sentado, ni siquiera quedaban las migajas de las galletas que había estado comiendo pocos minutos antes en ese mismo sillón.

Recorrí todo el vagón con la mirada, en busca de algún rastro de aquel desconocido, sin éxito. Yo era la única pasajera en aquel vagón y quizás en todo el tren. Me convencí a mi misma que todo había sido un sueño, y de repente, el mundo pareció ponerse en marcha de nuevo, el traqueteo del tren volvía a sentirse con fuerza, pero no tardaría en ir disminuyendo su intensidad, hasta llegar a detenerse por completo. Lo cual significaba, que había llegado a mi destino. Bajé del tren casi de un salto y sin mirar atrás.

Las luces de la estación desierta parpadeaban y apenas se oía el murmullo de las hojas de los cipreses y el canto de alguna lechuza. Al pasar por un banco frente a la entrada un escalofrío recorrió mi cuerpo. Abandonada sobre uno de los bancos de madera, había una pequeña caja de galletas negra con dibujos de flores, oxidada por el paso de los años que parecía llevar allí olvidada. Era idéntica a la caja que aquel extraño señor del tren había estado sosteniendo durante todo el viaje. Curiosa, me acerque y la abrí, un escalofrío recorrió mi cuerpo. En su interior estaban las migajas de lo que algún día fueron galletas, y un libro de relatos de Jorge Bucay

Sin pensarlo abrí el libro y en la primera página había una nota escrita con una caligrafía torpe:

Estas historias me enseñaron a vivir. Quizás demasiado tarde, pero tú aún estás a tiempo. Si sigues esta senda de rencor, enfado y desconfianza acabarás como yo, sola en el mundo. Debemos aprender a dejar atrás nuestros prejuicios y no valorar erróneamente a los demás para no cometer equivocaciones. ¿Cuántas veces juzgamos a las personas arbitrariamente, encasillándolas en ideas preconcebidas alejadas de la realidad? Ahora este libro te pertenece y te ayudará a recuperar a los tuyos, yo, ya no lo necesito”.

Mire a mi alrededor, la estación seguía vacía. Me sequé una pequeña lágrima que empezaba a asomarse tímidamente por mi ojo, escondí la caja de hojalata en su bolsa y emprendí el camino a casa, donde efectivamente no me esperaba nadie… ¿Había sido todo un extraño sueño?, o… ¿Quizás no?

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