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MANUEL MILIÁN Me pregunto si la política es teatro, y mi respuesta no siempre coincide con la realidad. Como tampoco mi verdad se corresponde...

MANUEL MILIÁN

Me pregunto si la política es teatro, y mi respuesta no siempre coincide con la realidad. Como tampoco mi verdad se corresponde con la del narcisista Pedro Sánchez. Él tiene su verdad, que no procede de la Verdad metafísica, sino de la perversa lógica de la Postverdad, donde todo relativismo tiene su lugar. Curiosamente el pontificado del papa Ratzinger, Benedicto XVI, en 2005 se inició bajo esta en aquel momento sorprendente observación: la conducta de los hombres de nuestro tiempo se veía alterada por la amenaza del relativismo moral. Aquella advertencia marcó todo su pontificado hasta su dimisión el 23 de febrero de 2013. ¿Fue la suya una clarividencia casi profética, o una sentencia perversa?

Si el hombre moderno ha puesto en cuestión la Verdad, el corolario es inevitable: sin Verdad todo es relativo, no existe la norma moral objetiva. Todo “valor”, por llamarlo de alguna manera, será maleable, variable según las circunstancias, que modificarán el ser del hombre al albur de las conveniencias o de las oportunidades.  Nada quedará en su lugar; todo será mutable. Y una tal mutación cristalizará en la radical Postverdad, es decir, en el puro y absoluto relativismo, que podría modificar las reglas del juego a conveniencia del que manda.

En eso ha venido a dar la exagerada teatralización de la política según Pedro Sánchez. Primero, el objetivo (moral o inmoral, legal o ilegal) y luego, la metodología de Nicolás Maquiavelo. Ergo, el fin justifica los medios. Es en lo que estamos. Se trata de la máxima perversión moral de la Política. ¿Dónde quedaron Sócrates, Platón, Aristóteles, Séneca y Cicerón? Probablemente en el hiperuranio de los estúpidos. Regirse por la Postverdad significa entronizar la Mentira; y ésta es el arma del engaño. De esta filosofía moral sólo se derivarán para el hombre y la sociedad. La manipulación es el instrumento máximo de la perversión política. ¿Qué garantía tiene el ciudadano engañado por el abuso del sistema democrático? La resultante es evidente: al mentir en la propuesta de los partidos y de los líderes se conduce al votante al error. Un votante engañado (manipulado) es un ser limitado en su capacidad de respuesta. Sin elementos de contraste crítico estará abocado al error. De ahí la trampa democrática que en su día llevó a Hitler y Mussolini al Poder por la vía democrática tras la manipulación de sus pueblos. Goebbels fue el genio en esta andadura, y, consecuentemente, no siempre salen de las urnas los mejores (concepto aristotélico de la buena gobernación), sino los mediocres, o sencillamente, los peores.

Un deterioro ético de esta magnitud amenaza sin duda hoy el sistema democrático en España, y en buena parte de Europa. Los populismos son eso: simplificación de soluciones, manipulación y falsos señuelos. Europa avanza hacia tales simplificaciones “milagrosas” que inexorablemente conducen a la falsedad de las soluciones y a la frustración de los ciudadanos. De ahí el imparable avance de los populismos en Polonia, Ucrania, Hungría, Rumanía, Grecia (Siritza), Italia (Salvini), Alemania (neonazis), Austria y España en la izquierda de Podemos, en la polivalente dialéctica “progresista” (¿Qué genérica manipulación es esa del gobierno progresista de Pedro Sánchez partiendo de su postverdad?). Un traje coyuntural o un cuento chino. Sólo es sólido lo permanente; y lo permanente es reformable (de ahí el reformismo), pero “lo progresista” es una nadería que avanza hacia un destino sin límite: la absoluta inconcreción, la dinámica hacia no se sabe dónde. ¿Es acaso esa la mejor garantía de estabilidad de las instituciones democráticas? ¿Es en esta dinámica ciega donde el ciudadano hallará las necesarias garantías de estabilidad, certeza, seguridad y elegibilidad de los mejores?

Creo imprescindible la depuración del lenguaje político; y más imprescindible restablecer la Ética como fundamento de valores y garantías, así como medida de las conductas sociales y políticas. De no restablecerse el equilibrio ético, ni sobrevivirá la actual versión de la Democracia, ni subsistirá este maldito Capitalismo salvaje. Ambos sistemas avanzarían hacia su autodestrucción. Pero nadie piense que los nacionalismos son ajenos a esta fenomenología: ellos mismos nacen de una exagerada hipervaloración del “yo”, y fundamentan sus principios en el supremacismo, la exclusión del otro y la configuración de supuestos enemigos. Sin el “otro” no cabe el nacionalismo. De ahí que algunos aspectos del actual escenario español y del catalán resultan tan perversos e inquietantes. Habrá que medir mucho los pasos y los procedimientos en esta parte de los Pirineos si no queremos liquidar, por abuso del relativismo y del nacionalismo, todo el sistema de libertades que se fundamenta en el respeto al “otro” y en el gobierno de los mejores. Nunca en este enjambre de mediocres.

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