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Històries d'avui en dia

MANUEL MILIÁN     Las épocas de crisis política guardan relación con la calidad y la aptitud de sus gobernantes. A los liderazgos mediocres se...

MANUEL MILIÁN

    Las épocas de crisis política guardan relación con la calidad y la aptitud de sus gobernantes. A los liderazgos mediocres se corresponden grandes confusiones (IIª guerra europea). A los apriorismos ideológicos –fantasmales construcciones del pensamiento humano- ingentes descalabros (véanse los monstruos del nazismo y del comunismo soviético). A políticos constructores, debemos las grandes reformas, las más consistentes Constituciones (Konrad Adenauer, Charles De Gaulle, De Gásperi, McMillan,…). Cuando el siglo XX remató la guerra fría y la bipolaridad, hundiendo al monstruoso sistema soviético, es precisamente cuando convergen cuatro destacados líderes en el mundo: Ronald Reagan, Mijaíl Gorbachov, Margaret Thatcher y Juan Pablo II. Mi admirado Stefan Zweig lo hubiera calificado de “momento estelar de la Historia”.

    Hoy establecer paralelismos es invocar la frustración: lo peor de cada casa se ha apoderado de la Política en mayúsculas, y en minúsculas. Una clase de semideficientes mentales, de incultos, de cortedad de miras, de “hacer camino al andar” (¡ay, mi Machado!), de burdas practicones de funcionarios minúsculos, de mediocres y avezados sobrevivientes… Buscar una idea en la política es como intentar preservar la virginidad en un burdel. Descubrir la sombra de los grandes principios morales en el curso diario de la gobernación, salvo excepciones, es tan arduo como descubrir sensatez en un manicomio ¿Y qué cabe esperar de un escenario como este? Despropósitos.

    De esta guisa es hipócrita sorprenderse del desbarajuste mundial; de la descomposición del orden internacional (previa siempre a los grandes conflictos); del orfanato del buen criterio en la gobernabilidad; del renacer de los payasos en la vida pública; del clima de mediocridad que reflejan nuestros “dirigentes” (¿?). En un tiempo de seriedad serían impensables. Histriones como Trump, o el majadero de Corea del Norte (de cuyo nombre no quiero acordarme), ni el soñador de Atenas, Tsipras, que arruina su país, ni el Salvini italiano que nos conduce al viejo Fascio, ni el peso pluma francés, Macron, que se pierde entre devaneos ministeriales; ni el  mandatario chulesco Pedro Sánchez, cuyo horizonte obnubila la oscuridad y las sombras. ¿A dónde pretendemos llegar en esta feria de las vanidades mediocres? ¿Hasta dónde puede progresar esta sociedad descerebrada, sin elementos de juicio racionales?

    Me atengo a la Historia, a la obra pétrea de los liderazgos conscientes, y, por contraste al despropósito de las sociedades que gozaron del cretinismo lideral ¡Menudas diferencias! Pero la Lógica ofrece claros criterios en el proceder humano. Quienes no parecen humanos en el hacer son los vanidosos, los estúpidos, los necios del Poder. Acudo al axioma aristotélico-escolástico: “Nadie da lo que no tiene” ¿Tan difícil descubrir aquello de lo que carecen? ¿Tan arduo discriminar lo bueno de lo malo?

    España oferta hoy el paradigma de la mediocridad máxima, de la genial estupidez destructiva, de cómo avanzar retrocediendo en el camino andado en un paroxismo de la perversión lógica. No recuerdo a lo largo de mi existencia una conjunción de necios políticos como en esta coyuntura. Ni en España, ni en Catalunya, la de los sensatos arrauxats. Si Pedro Sánchez es la encarnación de la vanidad y el empirismo cínico, Pablo Iglesias es el pájaro engañoso, fulero, farsante, proveedor de mentiras y fantasías (¿cabe algo bueno de un comunista que adora a Chaves, y bebe las aguas de Maduro, el destructor venezolano?). Tampoco deslumbran las luces en Albert Rivera, eterno monaguillo laicista, ni en el para muchos es el mirlo blanco, Pablo Casado. Esta conjunción de liderazgos estériles está en condiciones, si Dios no lo remedia, de otorgarnos un paisaje devastador de toda esperanza. Repito: “Nadie da lo que no tiene”, según Aristóteles, ni sacar peras del olmo. Paradoja de las paradojas, ¡el reino del absurdo!

    Dejo aquí mi reflexión por no zambullirme en el fangal máximo del Procés. Me duele esta Catalunya de cegatos, y miopes, del irrealismo. Ni Waterloo da para algo más que una derrota napoleónica, ni Torra es el “deus ex machina” de las tragedias griegas. Lejos de arreglar, desarregla. Lejos de ordenar, desordena, lejos de gobernar, desgobierna. Y no crucemos la Plaza Sant Jaume porque allí habita otro prodigio de la estupidez política. De todo lo cual se deduce que no le falta razón a  D’Ormesson al definir la actual política como “ineptocracia”: un sistema poblado de ineptos y de payasos ¿Es sabio el voto popular?

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