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MANUEL MILIÁN Nunca vi desde 1977 una campaña electoral como la del 28 de abril. Deslavazada, llena de insultos explícitos o implícitos, enloquecida, desbocada...

MANUEL MILIÁN

Nunca vi desde 1977 una campaña electoral como la del 28 de abril. Deslavazada, llena de insultos explícitos o implícitos, enloquecida, desbocada por la  derecha, en algún momento grosera y desnortada. Me pareció el detritus de la peor democracia, la populachera y ordinaria, la antítesis del concepto aristotélico del “gobierno de los mejores” ¿Mejores? Para el filósofo griego los mejores eran la aristocracia, las élites de la excelencia. Ahora los “mejores” son baratos y vulgares; es el enpoderaderamiento de los bastardos, los oportunistas, los desvergonzados, los amorales, los mediocres. Cuando todo un catedrático  de Universidad sentenció en un programa de televisión que la ética “nada tenía que ver con la política”, los huesos de Aristóteles, Platón y Cicerón debieron quebrarse nuevamente en la tumba. Es una de las mayores aberraciones que he oído en mi vida.

Los que adoran a Maquiavelo son aquellos que, justamente, odian o niegan la democracia. El Príncipe es todo un memorándum de indignidad inmoral. La ética es cabalgada en este caso por la utilidad, por la conveniencia al servicio del poder, por esa “virtud” de abusar de la fuerza de la Razón. Me pareció siempre un dictamen abyecto, falsario, engañoso. Y de todo ello nos ha saciado en esta ocasión la feria electoral. Mediocridad en grado superlativo, indignidad en los modos, cinismo en las expresiones y una desbocada hambre de poder. Ni me pareció democrática la música, ni inteligente adecuado el discurso. En bastantes momentos, estos líderes de cuarta división me parecieron los “charlatanes” que en mi niñez en Forcall gritaban sus géneros con encadenadas logomaquias farsantes desde el balcón de su furgón.

La singular certeza de esta feria política es la real ausencia de liderazgos. Nunca España adoleció desde la Transición de un elenco de postulantes a líderes de parecida endeblez. Ninguno de ellos resistiría un análisis profundo. Pedro Sánchez es el doctor de casi nada, sin fondo en su discurso y con exuberancia mentirosa en sus formas. Pura hojarasca, y lo que es peor, absolutamente fiel a Nicolás Maquiavelo: todo lo posible es bueno; nada obsta al uso del poder en la dirección más conveniente para su ego monumental. Todo un riesgo de país, que deberían considerar los inversores. Con él a los mando del avión nunca sabremos a dónde vamos a parar o en que cordillera nos estrellaremos. En la Europa de los años 30 se conocieron algunas notables especies de este mismo género.

De la otra izquierda, la afeminada “Unidas Podemos”, lo mejor sería iniciar una tanda de rogativas penitenciales para que  Dios nos aleje de semejantes animosos. Tardocomunistas, farsantes de la demagogia por populista, herederos de Fidel Castro y hermanos del piadoso, del bárbaro Nicolás maduro. Sus líderes predican una cosa -a veces con tono de beatos de aldea castellana-, y practican exactamente lo contrario. Don Pablo Iglesias zahirió a modo y manera a la “casta” política, ajena, según él, a los intereses del pueblo. Él, muchacho de barrio, en ello fundamenta sus derechos y su razón de ser. A la postre se trasladaría a su mansión millonaria, protegida por la Guardia Civil y dotada de toda suerte de aditamentos (piscinas, green, arbolado, etc.) que la mayoría de los malditos políticos de Transición jamás pudieron alcanzar. Vaya doblez la de Don Pablo.

En cuanto a  derecha dividida, o multiplicada, está expuesta en el escaparate público. El centroderecha de Fraga ha parido hijos por obra y gracia de un Aznar López, todo un prodigio de genética. Ex unum pluribus… Lo opuesto a la enseña federal de EE.UU. Le gustaba tanto la especie que, a fuer de radicalizarla -tras la apoteósica destrucción o aniquilación de Rajoy- le dio al PP dos hijuelos: por no se sabe dónde Ciudadanos; y por sí se sabe dónde La VOX de Abascal, que un día fundó mi amigo del ayer, Alejo Vidal Quadras. Despedazado por sendos caballos a la carrera en dirección opuesta, Pablo Casado, apadrinado por Aznar, y todavía sin mochila ideológica para confrontarse prematuramente con sus colegas del mini liderazgo español. Confieso que no entiendo cómo se pueden fabricar formaciones tan endebles, volátiles, de un día para otro, con aditivos tan ingenuos como la oferta de toreros, o hijos de papá histórico, absolutamente desprovistos de criterio y a veces de sentido común, como en el tema del aborto de los neandertales. Dios mío! A dónde ha ido a parar el PP que algunos levantamos con esfuerzo, sudor y contra corriente.

De esa matriz aznariana, por heterodoxia con lo que el modelo original, han surgido elementos que conducen sus formaciones a puestos ignotos. Albert Rivera lleva ya doce años afrontando una panoplia de variedades paternas.: ahora centroizquierda, ayer de gran derecha, casi siempre con sus postulados liberales, laicistas, ligeramente anticlericales y promiscuos. ¿A dónde nos llevará finalmente Rivera? Ahora, ya marcadamente derechista, uno tiene la sensación de evitar el equívoco.

Aun así me siguen lloviendo interrogantes con su acopio de prófugos y oportunistas, que huyen del naufragio, o la exclusión, del portaaviones del PP casadista y post-marianista en declive.

Finalmente, el asombro que parecía iba a ser VOX se quedó en un neonato. Era el mesías salvador de la España eterna, al que algunos analistas -y encuestas- le otorgaban hasta 70 diputados. Oh, infelicidad!, quedó reducida la cifra a un ratón bien nutrido de 24 diputados. Pero en definitiva ratón, al modo de Horacio y su “ridiculus mus(Epístola a los Pisones). Crearon demasiadas expectativas, frustrándose a sí mismos, cuando obtener de primeras 24 diputados no deja de ser sorprendente ¿Cálculos fallidos, o expectativas desmesuradas? Lo cierto es que el desbarajuste del sistema y la crisis de Cataluña han creado un escenario un tanto delirante y peligrosamente fuera del contexto histórico, con demasiadas manos negras y ocultas marcando las luces y sombras de este escenario. Todo un riesgo de futuro, mucho más cuando la solución está al alcance del radicalismo de VOX señuelos de rancia ancianidad.

Abascal es otra hijuela del aznarismo, que se ofrece como una pesadilla de una confusa progénesis. En ello, justamente, amanecen los populismos, los liderazgos mediocres que un regreso a las “jefes” podrían amenazar en cuanto los problemas evidencian su impotencia. Sin líderes propiamente dichos, ni élites engrasadas, esta España se dispone a soportar no fáciles momentos. El desconcierto podría  espejarse en lo que hoy es la política catalana, y más específicamente en el caos que ha implantado en Barcelona el paroxismo de la incompetencia del peor alcalde que ha tenido la ciudad, Ada Colau. Ese podría ser el paradigma.

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