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MANUEL MILIÁN     El 5 de julio de 2018 establece un hito en la historia política del Partido Popular y de la España post...

MANUEL MILIÁN

    El 5 de julio de 2018 establece un hito en la historia política del Partido Popular y de la España post Transición. Nunca se había sometido con anterioridad a la libre voluntad de los militantes en el centroderecha español la elección de su líder por muy diversas razones: la génesis del propio partido centrada en una figura indiscutible que sirvió de aglutinante, Fraga Iribarne (personalismo);  la voluntad integradora del postfranquismo para establecer el puente necesario con la otra España, base fundamental de la Transición; la locura de “la sopa de siglas” que brotó espontáneamente tras la desaparición del dictador, y que ponía en riesgo la estabilidad del proceso (disgregación); el debate interno en Reforma Democrática Española -Alianza Popular, después-  que el líder Fraga garantizaba con su tremenda autoritas para evitar las discrepancias estructurales; finalmente, el claro concepto de la corporeidad ideológica en torno a un proyecto de España “que se circunscribía en la unidad dentro de la pluralidad de sus componentes históricos.

    Toda esta amalgama de elementos esenciales en el desarrollo de un liderazgo unipersonal –con algunos innegables defectos- garantizaría la evolución misma del sujeto político, que fue creciendo implacablemente desde 1975 a 1982. En definitiva se trataba de un partido unido gracias a su génesis interna de arriba abajo marcada por un personalismo liberal indiscutido. Los primeros escarceos dubitativos se producen con los “siete Magníficos” (el máximo error de Fraga) donde las diversas personalidades procedentes del franquismo inequívoco tientan la posibilidad de diversificar las alternativas a partir de 1976. Superado ese error, la voluntad integradora de todo el centroderecha español se intenta de nuevo el 13 de septiembre de 1982/2 de marzo del 83 con la creación, por agrupación, de Coalición Popular en la que los democristianos, desengañados de la fallida Operación Tácito –desautorizada por el Cardenal Tarancón- incorporan su diversidad en el seno de la composición resultante (yo avisé a Fraga de que aquel era otro subrayado error). Pero la definitiva consolidación de las bases no cristalizaría hasta el importante ascenso electoral de octubre de 1982, en que algunos ambiciosos dictaminaron que era el techo electoral de Fraga (107 diputados al Congreso).

   Es a partir de ese momento, con la pérdida del poder de UCD, que comienza a quebrase la cohesión del PP. Se cuestiona la aptitud electoral del líder (su famoso techo); amanecen las ambiciones personalistas de algunos de sus componentes, y se empiezan a disparar los efectos de la apresurada y masiva integración de los cuadros de UCD, imparable a partir de la derrota del suarismo en 1982. Aquel tropel de ambiciosos, desposeídos de un poder que creían en propiedad inalienable, establece las primeras corrientes disgregadoras y las tensiones estructurales en la gran formación del centroderecha. Eran los antifraguistas de La Moncloa, aquellos que habían “perseguido” al líder de AP desde el poder (dispongo de testimonios de lo que se trató de hacer con Fraga desde La Moncloa de Adolfo Suárez) se convirtieron en cuadros de peso redimidos de su naufragio en el partido del Poder.

Fue una cadena implacable que nutrió los cargos internos de AP entre 1983 y 1989. Miguel Herrero de Miñón abrió la fuga, y siguieron todos aquellos que mantenían su ambición de poder tras el descalabro de 1982: Margallo, Luís de Grandes, Rupérez, Zaplana, Martín Villa, Jorge Fernández Díaz, Javier Arenas, Aznar y tutti quanti aspiraban a una prolongada carrera política en la que se profesionalizarían hasta su jubilación. En esta etapa empezaron los conflictos internos, las ambiciones desaforadas, los máximos personalismos que ni Fernando Suárez, ni Luís Olarra en su día habían logrado imponer. Las termitas de UCD acabaron con el espíritu fundacional, desplazaron a la primera ola de fundadores e implantaron un nuevo modelo de relaciones internas, desconocido hasta ese momento en el PP.

Se salvó aún una parte de la segunda generación, ya postfundacional (Álvarez Cascos, Rodrigo Rato, Loyola de Palacio, Federico Trillo, etc.), que le permitió a Fraga maniobrar, tras el inmenso error del liderazgo de Hernández Mancha, todo un fiasco producto de aquellos que, como Abel Matutes, o el tesorero Sanchís, postulaban la teoría de un “líder joven y andaluz” para confrontarle con el prototipo de Felipe González. Una ocurrencia fallida que llevó al partido al borde del ridículo, y dio lugar al inexorable paso de Fraga a recuperar temporalmente el liderazgo e iniciar la refundación del partido según un proyecto que el propio Fraga me pidió y que yo le entregué en mano a primeros de enero de 1987. En ese proyecto se planteaba la “regionalización” del partido y la regeneración doctrinal y estratégica en una propuesta de 10 ideas-fuerza, que vería su luz en el Congreso de Sevilla de 1990.

Paradójicamente, los grandes problemas y tensiones internas aparecen a partir de 1989 con la designación a dedo de José Mª Aznar, tras modificar el propósito de Fraga de ubicar a Isabel Tocino en la cima de la organización. Los cuatro interlocutores de M. Fraga le impusieron el cambio: Aznar. Y con él nació el problema: crecimiento electoral, corrupción de ciertos cuadros, victoria en la Generales de 1986. Este gran éxito con la composición de una política de gobierno, la consecución la mayoría parlamentaria con CiU y el pujolismo (Pacto del Majèstic) que comportó el éxito electoral de la primera mayoría absoluta del 2000. Aquí se inicia el divorcio con Catalunya, cuyas consecuencias ahora estamos viendo. Con Aznar en el gobierno empieza la corrupción que demolerá el gobierno de Rajoy, su sucesor por la gracia del dedazo aznariano. Todo lo acaecido después del 2000 es ya una secuela de los cánceres/tumores instalados entre 1986 y 2018.

La metástasis ha resultado mortífera para el gobierno anómalo de Rajoy. Su caída vergonzante estaba entre las hipótesis más verosímiles, y la posible malquerencia de algún colaborador no parece descartable. Lo dejo para otro artículo. Sin embargo, las claves de la actual catarsis –harto problemática- del PP hay que buscarla en la Transparencia (Glásnost) que es lo que se evidenció en la URSS de Gorbachov en la primera fase de la Perestroika. Los rusos se avergonzaron de lo quebradiza que había sido. La propuesta de la gran reforma (Perestroika) hizo validar el sistema comunista hasta su demolición en manos de Yeltsin en 1991. Las estructuras del sistema soviético no revistieron tantas evidencias. Pude personalmente vivirlo en el Kremlin en junio de 1990 en largas horas de debate con los prohombres del equipo Gorbachov. La clave fue la Glásnost, porque espejó la verdad interna de un Partido Comunista fallido y mentiroso ¿Ocurrirá ahora otro tanto en la aventura catártica del PP ex-dedazo y expuesto a la autocrítica de las bases? No me atrevo al diagnóstico. Constato únicamente su paralelismo. Tal vez veamos la crisis tras el finiquito de la verticalidad en el liderazgo.

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